
Todos los días amanecía con la misma preocupación. Me preguntaba si esa mañana encontraría la respuesta para iniciar mi aventura. Quería escribir una novela. Pero soy una poetisa nata, y alguien que dice las cosas de una forma poco entendible, subterránea con sabores a elementos de mi polvo y nada común.
Una novela, decía Torcuato, debía ser comercial, atraer al público, sorprenderlo y convertirlo en personaje capaz de adivinar lo que viene, descifrar códigos y sentirse Hércules Poirot. Sí, Hércules Poirot… bueno, ya estoy anticuada que voy a hacer, son mis 70 y pico que me devuelven a mi gato, Torcuato y un sofá cómodo como la mecedora de mi bisabuela que era una dama casi ciega pero intachable en su visión de vida. ¡Como voy a querer escribir una novela hablando de Poirot! En épocas de Carmen Posadas podría nombrar alguna de mis anticuadas y amadas recetas, pero ¡Poirot!
En fin, amanecía nuevamente y volvía a burbujear pensando en qué historia escribiría…
Torcuato, mi hijo mayor, había desarrollado mucho su arte, era considerado un buen escritor y yo debería escucharlo. Claro que además de las letras y el dibujo era excelente en teatro y otras artes, por lo que debía no olvidar mis anteojos mientras lo escuchara.
Si plagiaba de la vida podría obtener varias novelas, personajes sobraban pero ese maldito hilo conductor era peor que mantener por media hora una conversación adecuada con mi hermana de España en Internet, sin que el video-llamado cayera inexorablemente.
Stress… La novela debería hablar del stress, algo que todo el mundo entiende en estas épocas de poco mate de té, visitas a tías y tíos y partidas de naipes con pasteles horneados y decorados con un margen de tiempo hoy desaparecido… Bueno, nadie tiene el tiempo que tengo yo, mi gato y el sillón, o al menos eso parece… ¿Tendrán acaso tiempo de leer la supuesta novela que quiero escribir? ¿Cuántos lectores permanecerán vivos? A Torcuato lo leen muy bien, eso parece, por los premios que ha ganado… Electrodomésticos como la televisión, distancias exorbitantes hasta el hogar, vidas de personajes que entran a tu casa llevando la farándula incluso a los dormitorios me hacen pensar que sin duda no valdrá la pena preocuparme en como lograr esto.
Novela histórica: no sabría escribir en tercera persona, libro de autoayuda: es para kioscos (¿para qué quiero mi novela?), de acción: ya no puedo dejar de entreverarme en lo que hacer con mi día, confundo visitas y deberes, como no confundir qué papel debe mantener quien o cual… En fin, los consejos de Torcuato servían para él, las principales editoriales del momento, pero no para mi espiral mental de 70 y pico pirulos muy bien vividos, supóngalo o no Torcuato, y pocos minutos de paciencia en el ordenador.
¡Carajo!, aún quiero escribir una novela.
Tomaré mis remedios, el gato duerme, Torcuato no viene hoy, pensaré en algo.
¡Ya sé! Partiré de cosas que atesoro y tal vez entre ellas encuentre algo que me sirva de hilo conductor.
Revisaré. Hurgaré. Expiaré entre mis alacenas y cajones. No puedo encargarme de robar historias a amigos porque ya casi nadie viene por aquí… Picasso, ese si que fue brillante robándole a Braque su éxito… Pero eso ya no lo puedo hacer, y Torcuato es demasiado vivo como para recordarme a diario que nadie entiende lo que escribo.
No tengo la importancia histórica de Anna Frank, sino mi diario íntimo movería montañas, en fin, veremos…ya estoy cansada.
Solo sé (que no sé nada, no) que quiero escribir una novela, y que el hilo o la lana la encontraré con Torcuato, o sin él.
Una novela, decía Torcuato, debía ser comercial, atraer al público, sorprenderlo y convertirlo en personaje capaz de adivinar lo que viene, descifrar códigos y sentirse Hércules Poirot. Sí, Hércules Poirot… bueno, ya estoy anticuada que voy a hacer, son mis 70 y pico que me devuelven a mi gato, Torcuato y un sofá cómodo como la mecedora de mi bisabuela que era una dama casi ciega pero intachable en su visión de vida. ¡Como voy a querer escribir una novela hablando de Poirot! En épocas de Carmen Posadas podría nombrar alguna de mis anticuadas y amadas recetas, pero ¡Poirot!
En fin, amanecía nuevamente y volvía a burbujear pensando en qué historia escribiría…
Torcuato, mi hijo mayor, había desarrollado mucho su arte, era considerado un buen escritor y yo debería escucharlo. Claro que además de las letras y el dibujo era excelente en teatro y otras artes, por lo que debía no olvidar mis anteojos mientras lo escuchara.
Si plagiaba de la vida podría obtener varias novelas, personajes sobraban pero ese maldito hilo conductor era peor que mantener por media hora una conversación adecuada con mi hermana de España en Internet, sin que el video-llamado cayera inexorablemente.
Stress… La novela debería hablar del stress, algo que todo el mundo entiende en estas épocas de poco mate de té, visitas a tías y tíos y partidas de naipes con pasteles horneados y decorados con un margen de tiempo hoy desaparecido… Bueno, nadie tiene el tiempo que tengo yo, mi gato y el sillón, o al menos eso parece… ¿Tendrán acaso tiempo de leer la supuesta novela que quiero escribir? ¿Cuántos lectores permanecerán vivos? A Torcuato lo leen muy bien, eso parece, por los premios que ha ganado… Electrodomésticos como la televisión, distancias exorbitantes hasta el hogar, vidas de personajes que entran a tu casa llevando la farándula incluso a los dormitorios me hacen pensar que sin duda no valdrá la pena preocuparme en como lograr esto.
Novela histórica: no sabría escribir en tercera persona, libro de autoayuda: es para kioscos (¿para qué quiero mi novela?), de acción: ya no puedo dejar de entreverarme en lo que hacer con mi día, confundo visitas y deberes, como no confundir qué papel debe mantener quien o cual… En fin, los consejos de Torcuato servían para él, las principales editoriales del momento, pero no para mi espiral mental de 70 y pico pirulos muy bien vividos, supóngalo o no Torcuato, y pocos minutos de paciencia en el ordenador.
¡Carajo!, aún quiero escribir una novela.
Tomaré mis remedios, el gato duerme, Torcuato no viene hoy, pensaré en algo.
¡Ya sé! Partiré de cosas que atesoro y tal vez entre ellas encuentre algo que me sirva de hilo conductor.
Revisaré. Hurgaré. Expiaré entre mis alacenas y cajones. No puedo encargarme de robar historias a amigos porque ya casi nadie viene por aquí… Picasso, ese si que fue brillante robándole a Braque su éxito… Pero eso ya no lo puedo hacer, y Torcuato es demasiado vivo como para recordarme a diario que nadie entiende lo que escribo.
No tengo la importancia histórica de Anna Frank, sino mi diario íntimo movería montañas, en fin, veremos…ya estoy cansada.
Solo sé (que no sé nada, no) que quiero escribir una novela, y que el hilo o la lana la encontraré con Torcuato, o sin él.
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